POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
Decía John F. Kennedy que la presidencia no es el mejor lugar para hacer nuevos amigos, ni siquiera para conservar los viejos. La historia universal confirma esa dura sentencia: los mandatarios suelen descubrir, con dolor, cómo la amistad y la política rara vez caminan de la mano.
Fui testigo de cómo un amigo suyo, apenas confirmado su triunfo, saltó como rata de amarre de los barcos. Ese mismo que desde un pedestal privilegiado en el partido gobernante de entonces había adversado sus pasos, se convirtió en el primero en inaugurar el escándalo en su gobierno, cuando todavía no terminábamos de celebrar el esfuerzo colectivo que lo llevó al poder en medio de la pandemia.
El pueblo, Sr. Presidente, no se equivoca tan fácilmente. Con sabiduría popular y lenguaje sencillo creó expresiones como “los Wawa y los Popis”, para advertir que quienes lo rodeaban no representaban al verdadero sentir de la nación. Y así ha sido: ellos, desde posiciones de trascendencia en la administración pública, han lastimado la confianza, dañando no solo su imagen, sino la esperanza de un país que soñaba con un cambio real.
El daño ha sido evidente, y cada día se percibe con mayor claridad en la voz de la gente humilde, en los campos, en los barrios, en los mercados. Esa desilusión pesa, Presidente, porque no se trata de estadísticas ni discursos, sino del sentimiento genuino de un pueblo que creyó en usted.
Ayer, sin embargo, muchos recibimos con alegría la señal de que tal vez se ha dado cuenta del error. La decisión de cortar con la ineficiencia y el abuso de confianza de algunos de sus amigos despierta nuevas esperanzas. Porque el poder no debe ser refugio de lealtades personales, sino compromiso con la Patria.
Quiero felicitarle por el nombramiento de la funcionaria Ana Celeste de Moreno, cuya trayectoria probada y limpia es un rayo de luz entre tantas sombras. Esa clase de designaciones devuelven fe en que su gobierno puede rectificar, que todavía puede escuchar el clamor de un pueblo cansado de promesas incumplidas.
Le animo a que se rodee de hombres y mujeres cuya única ambición sea servir. Gente que no tenga precio ni banderías, sino convicciones. Personas que, al final de su mandato, lo ayuden a salir airoso y con la frente en alto, listo para volver a la vida de simple ciudadano con la conciencia tranquila de haber cumplido.
La grandeza de un Presidente no se mide en la cantidad de amigos que sostiene en el poder, sino en la capacidad de sacrificar afectos personales en aras del bien común. Porque gobernar es un acto de soledad, y al mismo tiempo, un ejercicio de amor hacia millones que confían en usted sin siquiera conocerle en persona.
Sé que estas palabras pueden sonar duras, pero nacen del corazón limpio de alguien que aún cree en sus buenas intenciones. No se lo digo para reprocharle, sino para recordarle que la historia no perdona, y que el juicio de las generaciones futuras será más implacable que el de cualquier adversario político.
Sr. Presidente, aún está a tiempo de demostrar que su compromiso es con la Patria y no con círculos de privilegios. La gente quiere hechos, no excusas; quiere justicia, no favores. Usted puede ser recordado como aquel que supo escuchar, rectificar y sobreponerse al peso de los falsos amigos.
Que estas letras sirvan, no como crítica amarga, sino como consejo humilde de quien, desde la sencillez ciudadana, sueña con un país mejor y cree todavía en la capacidad de su liderazgo.
jpm-am
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