El 10 de julio, la Comisión Europea anunció un nuevo acuerdo con Israel, presentándolo como un medio para apaciguar la crisis humanitaria de la Franja de Gaza. No obstante, más de un mes después, ninguno de los compromisos de Tel Aviv se ha cumplido. Si bien organizaciones de la sociedad civil ya han publicado un «seguimiento» para supervisar el cumplimiento, como el publicado por Alessandro Maria Amoroso, experto en derecho internacional de la Scuola Sant’Anna, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, está discutiendo abiertamente un plan para anexar partes de la Franja para complacer a sus aliados de extrema derecha, sin que la UE pueda implementar la más mínima sanción.
La paradoja es que, apenas unas semanas antes, la Unión Europea había circulado, y posteriormente filtrado en EUobserver, un documento interno que reconocía la validez de las acusaciones de la ONU contra los palestinos: «ataques indiscriminados, hambruna utilizada como arma, tortura y segregación racial». El mismo documento concluía que Israel violaba el artículo 2 del Acuerdo de Asociación UE-Israel, que estipula el respeto de los derechos humanos como condición fundamental para beneficiarse de aproximadamente mil millones de euros anuales en concesiones comerciales.
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Las acusaciones de Human Rights Watch
¿Por qué, entonces, Bruselas no ha traducido el acuerdo Comisión Europea-Israel en un acto político? Claudio Francavilla, de la organización no gubernamental Human Rights Watch (HRW), habla con WIRED Italia de «credulidad, cobardía y complicidad». Credulidad, porque la Unión sigue creyendo en las promesas de quienes llevan casi dos años asediando la Franja de Gaza e ignorando las sentencias de la Corte Internacional de Justicia; cobardía, porque persiste en su incapacidad para definir como «criminal» una acción que ahora muchos observadores califican de genocida; «complicidad», porque varios gobiernos frenan cualquier iniciativa concreta a pesar de ser plenamente conscientes de la gravedad de los crímenes.
Alemania, recuerda Francavilla, mantiene su compromiso con el concepto de Staatsräson, es decir, la defensa incondicional de Israel por razones históricas, aunque la opinión pública comienza a resquebrajarse ante las imágenes diarias de la Franja de Gaza.
La pasividad europea
Detrás de la resistencia europea está la presión estadounidense. La presencia de Trump en la Casa Blanca se traduce en chantajes y amenazas reales, pero, según HRW, incluso las administraciones demócratas han garantizado a Israel un apoyo estructural, entrelazado con una red de lobbies políticos (AIPAC), el apoyo evangélico y los intereses militares.
No faltan precedentes de aplicación del artículo 2 o cláusulas similares: los crímenes del régimen del presidente sirio Bashar al Assad convencieron a la Unión Europea de suspender el acuerdo con Siria en 2011. A partir de 2014, numerosas medidas, incluidas las comerciales, siguieron a la anexión rusa de Crimea, medidas que posteriormente se incrementaron tras la invasión a gran escala de Ucrania. En 2016, la UE suspendió el apoyo financiero a Burundi por violaciones de los derechos humanos. Similares también fueron las medidas comerciales adoptadas contra Birmania (1997), Sri Lanka (2010) y Camboya (2020), de nuevo por violaciones de los derechos humanos.
Pero la solución no siempre tiene que ser la suspensión de un acuerdo comercial: además de declaraciones contundentes y medidas diplomáticas, existen sanciones específicas contra individuos, grupos o empresas, embargos de armas y la creación de mecanismos de investigación en la ONU; todas ellas medidas que la Unión Europea ha adoptado legítimamente en innumerables otros contextos caracterizados por crímenes de guerra y represión. «El problema es que, en Gaza, la Unión Europea no hizo absolutamente nada. Y allí, como dijo Josep Borrell, exvicepresidente de la Comisión Europea, el bloqueo perdió su esencia», menciona Francavilla.
Hoy, mientras el plan de Netanyahu de anexar Gaza toma forma y la población sigue muriendo de hambre y por bombardeos, persiste la impresión de que el último acuerdo es otro paso fallido en una política ilusoria: la de preservar el diálogo con Israel con la esperanza de ejercer una influencia que, en realidad, no existe.
Artículo publicado originalmente en WIRED Italia. Adaptado por Alondra Flores.